Viernes negro, muy negro

Hoy es Viernes negro, Black Friday en inglés, ese día en que se inauguran las compras navideñas en Estados Unidos. Esta costumbre, como otras tantas, se está importando a nuestro país, por la influencia que los medios de comunicación tienen en nuestro comportamiento (aprovecho la ocasión para decir que no me gusta Halloween, fundamentalmente por la forma en la que ha entrado en nuestra cultura, a través de las películas de Hollywood).

Colas en Nueva York en el Black Friday. Fuente: La Vanguardia

Colas en Nueva York en el Black Friday. Fuente: La Vanguardia

En estas fechas muchos consumidores podemos sentirnos como esa cuerda de la que tiran dos equipos: por un lado, los grandes comercios, que intentan conseguir que compremos más, llevados por nuestros “sentimientos” navideños. Por otro lado, determinados colectivos que trabajan por un sistema más justo y responsable para el mundo nos conminan a consumir menos, a reducir nuestras compras, para mandar una señal al sistema de que esto no se puede sostener.

Por mi parte, yo me siento obviamente más cerca del segundo grupo que del primero. Creo que nuestro nivel de consumo es excesivo, y que así estamos condenando a la pobreza a la mayor parte de habitantes del planeta. Sin embargo, me parece que el método propuesto de reducir el consumo sin más no es suficiente, aunque sí necesario. Mi punto de vista es que hay que trabajar a ese nivel de concienciación para cambiar nuestro comportamiento, pero también es preciso, a nivel individual, entrar a ver por qué consumimos tanto.

Según este vídeo de Tim Jackson (se puede ver también aquí, se pueden activar los subtítulos en español), uno de los principales autores que abogan por un cambio de paradigma, lo que nos lleva a consumir tanto es nuestro afán de novedad. Mi opinión es que podemos ir un poco más allá en nuestra investigación. Cada persona puede reflexionar y ver qué la impulsa a consumir.

Una parte de nuestro consumo viene condicionada por nuestra situación actual en relación con nuestra vivienda, trabajo, hijos, etc. Por ejemplo, tenemos que consumir energía para calentar o enfriar la casa, para transportarnos al trabajo, para llevar a los niños a la escuela, etc. Aunque eso es ahora mismo así, se podría cambiar en el futuro, podemos buscar vivienda más cerca del trabajo, etc. Aquí podemos preguntarnos por qué vivimos donde vivimos, por el tipo de casa que habitamos, etc., y ver si eso responde realmente a una necesidad o hay algo más detrás, como estatus, prestigio, etc. También podemos investigar nuestros hábitos de transporte, etc. No se trata, como siempre digo, de sentirnos mal por lo que hacemos, sino de poner la luz de la conciencia en lo que hay detrás de nuestros actos, porque solo esa luz tiene el poder de transformación. Cualquier cambio que se haga sin comprensión está abocado al fracaso.

Otra parte del consumo tiene que ver con nuestra necesidad de distracción, de no estar donde estamos, de evadirnos del presente: me refiero al ocio, televisión, cine, restaurantes… No estoy proponiendo que nos quedemos enclaustrados en casa y no salir nunca por ahí, sino que sugiero prestar atención a ese momento en el que nos sentimos mal y para acallarlo encendemos el televisor y nos dejamos llevar. No hay condena tras mis palabras, solo una propuesta de investigación para conocernos mejor. La práctica regular de la meditación nos puede ayudar a necesitar menos distracción, puesto que con ella aprendemos a estar en el presente aceptando lo que hay. También reduce el estrés y la necesidad de “desconectar”. Aquí me refiero a la práctica de meditación que vengo proponiendo en este blog, y no a otras que buscan justo lo contrario: la evasión de la realidad, imaginándonos en otros lugares, etc. Ese tipo de meditación puede estar bien en determinados momentos y para determinadas personas, pero no es el que yo recomiendo en términos generales. Para mí, la meditación es estar en el presente, dando espacio para sentirnos, para conectar con lo que somos aquí y ahora.

Una tercera parte del consumo tiene que ver con la actitud de salir de compras cuando nos sentimos mal, para acallar la ansiedad o el malestar que tenemos en ese momento: “Me dijo que me dejaba, y entonces me fui a los Grandes Almacenes X y me compré este televisor nuevo, y me quedé agusto”. Sugiero analizar esas situaciones cuando se presentan, y en vez de reaccionar inmediatamente, tomarnos un tiempo, respirar lo que sentimos, y reflexionar si realmente comprar es la solución a lo que nos pasa.

Cambiar el comportamiento sin que detrás haya una comprensión y un trabajo personal puede traer como consecuencia una sustitución del objeto de consumo, sin abandonar el hábito. Por ejemplo, tal vez la persona que se ha propuesto comprar menos, se dedique ahora a “consumir” en otros ámbitos: relaciones, impresiones o experiencias, etc. Es decir, sigue buscando fuera la satisfacción que no encuentra dentro. O tal vez se sienta frustrada en su interior y genere tensión u otros sentimientos no deseados. No quiero decir que esto tenga que suceder siempre así, cada persona es un mundo.

Mi propuesta, por tanto, es analizar nuestros hábitos de consumo, intentar reducir nuestras compras, porque con este nivel de consumo estamos acabando con el planeta, y a la vez analizar lo que hay detrás de ese impulso para consumir.

¡Feliz viernes negro!

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