Camboya: vidas rotas

“Nadie te quiere de vuelta cuando has trabajado en un burdel. El término que se usa en camboyano para decir ‘prostituta’ es srey kouk, ‘mujer rota’, rota de manera que ya no se puede arreglar. Quedas destrozada para siempre y tu mera existencia avergüenza a tu familia.”

Somaly Mam, El silencio de la inocencia

 

1508_1_SilencioinocenciaDudé mucho antes de escribir esta entrada. Todos estamos cansados de oír las desgracias ajenas, y cuando se nos habla de algo desagradable, nos cerramos porque ya hemos tenido bastante. Por regla general, la gente en los blogs suele poner cosas bonitas, que nos hablan de lo hermosa que es la vida. Sin embargo, para mí era necesario hacer esto, poner por escrito los sentimientos por los que estoy pasando en este viaje.

Después de casi un mes en Camboya, he visto mucho sufrimiento y pobreza, personas que viven en unas condiciones de miseria increíbles. Este país tiene una larga historia de dolor: la colonia francesa, los bombardeos estadounidenses durante la Guerra de Vietnam, el régimen terrible de Pol Pot y los jemeres rojos, con más de dos millones de víctimas directas e indirectas, las minas enterradas por todo el país, que amputan miembros y destrozan vidas, sobre todo de niños que juegan por el campo…

 

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Músicos víctimas de minas antipersona, tocando a la entrada de un templo. Todo está inundado por las lluvias del monzón alrededor, solo el estrecho camino que lleva al templo permanece, por ahora, descubierto.

Comprender las contradicciones de un país en tan poco tiempo es difícil, ni siquiera lo intento. Tal vez haya cosas que no se pueden comprender jamás. Dolor y sonrisas, miseria y amabilidad…

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Niños nadando en un estanque de lotos, a la entrada de un templo. No paraban de jugar y de reír. Sus familias viven en la miseria

Mientras volaba hacia Sien Reap, para visitar las ruinas de Angkor Wat (intentaré hablar de esto en otra entrada), leía el libro de Somaly Mam y literalmente tenía que contener las lágrimas ante la situación que relataba la autora: en Camboya, niñas hasta de cinco años son vendidas a diario para ser prostitutas. Somaly fue abandonada cuando era un bebé, y al principio la cuidó su abuela, hasta que un día desapareció. Entonces pasó al cuidado de un hombre al que ella llamaba “abuelo”, que la maltrató peor que a un animal. A los doce años fue violada y obligada a casarse con quince. Luego su marido la vendió a un burdel. Después de años de abuso consiguió salir de allí y fundó una organización para luchar contra el tráfico sexual de niñas y mujeres. En 1998 recibió, junto con otras destacadas activistas femeninas, el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional.

Lo mismo que ella, parece que existen abundantes casos de padres que venden a sus hijas para saldar deudas, y casi siempre el destino final es la prostitución más cruel.

El libro me lo recomendó mi amigo Juan, que lleva tres años aquí y que durante un tiempo fue consuegro de Somaly. Juan me habló de la existencia de abundantes antros de prostitución en Phnom Penh para clientes locales, además de otros más “limpios” para extranjeros. Los camboyanos muestran especial predilección por menores de edad, ya que es creencia aquí que tener relaciones durante una semana con una virgen cura enfermedades, incluido el SIDA, y da energías al hombre.

Mientras hacía un trabajo para UNICEF sobre la situación de los niños indígenas y afrodescendientes de Honduras, también conocí las condiciones en las que vivían las mujeres y los menores, oí denuncias de incestos frecuentes, de cómo los niños y las niñas eran objeto de turismo sexual o tráfico de personas hacia otros países (como EEUU). Por tanto, supongo que es una situación que tiene lugar en muchas partes del mundo.

Niños rotos, mujeres rotas, vidas sin esperanza. No consigo comprenderlo, por qué nos dañamos los seres humanos de esta forma.

En el avión sentí el peso de todo este sufrimiento, por un lado, el de las víctimas, esas niñas que quedan rotas para siempre, de muchas mujeres camboyanas que son frecuentemente golpeadas por sus maridos, y por otro lado el de los verdugos, el dolor de esas almas tan oscurecidas, tan perdidas en el abismo de la insensibilidad, que nunca amarán ni serán amados. Hombres rotos que rompen mujeres. Siempre me digo que no debo sentirme mejor que ellos, “limpio”: si yo hubiera tenido sus vidas, posiblemente no sería diferente; como suele suceder, el verdugo ha sido antes víctima, en una cadena sin fin que aquí en Asia llaman samsara.

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Casas flotantes de inmigrantes vietnamitas, sobre el lago Tonle Sap. En cada casa pueden vivir unas 10 personas. En las aguas del lago viven, pescan, lavan, beben…

Y recordé en ese momento mi poema favorito de Thich Nhat Hanh, que transcribo más abajo, y también una hermosa plegaria de Shantideva, un maestro indio del siglo VIII:

“Mientras dure el espacio y queden seres en él,
hasta entonces, que también yo pueda permanecer
para aliviar el sufrimiento del mundo”.

 

Este es el poema de Thich Nhat Hanh:

 

Llámame por mi verdadero nombre

No digas que partiré mañana
porque todavía estoy llegando.

Observa con atención: arribo a cada instante,
como un brote de primavera en cada rama,
como un pajarillo de delicadas alas
aprendiendo a piar en su nuevo nido,
como una oruga en el cáliz de una flor,
como una joya incrustada en una roca.

Todavía estoy llegando para reír y para llorar,
para temer y alimentar la esperanza,
porque el latido de mi corazón
es el nacimiento y la muerte de todo lo que vive.

Soy la crisálida que se metamorfosea
en la superficie del río
y también soy el pájaro que, cuando llega la primavera,
devora a la crisálida.

Soy la rana que juguetea dichosa
en el agua cristalina de un estanque
y también soy la culebra que sigilosamente
se alimenta de la rana.

Soy ese niño de Uganda,
un saco de piel, huesos y piernas
tan enjutas como la caña de bambú,
y también soy el traficante que vende armas a Uganda.

Soy la niña de doce años, escondida en un bote
que navega a la deriva en el océano
después de haber sido violada por un pirata,
y también soy ese pirata, cuyo despiadado corazón ignora lo que es el amor.

Soy el miembro del Comité Central cegado por el poder
y soy también el hombre
que cancela una deuda de sangre con su pueblo
muriendo lentamente en un campo de trabajos forzados.

Mi gozo es como la primavera,
cuya tibieza entreabre las flores de todos los caminos de la vida.
Mi dolor es como un río de lágrimas
cuyo caudal colmaría todos los océanos.

Llámame por mi verdadero nombre
para que pueda escuchar, al mismo tiempo,
mis carcajadas y mis lamentos,
para que pueda descubrir, al fin,
que el gozo y la aflicción son una y la misma cosa.

Llámame por mi verdadero nombre
para poder despertar y, de ese modo,
abrir la puerta de mi corazón,
la puerta de la compasión.

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