¿Por qué meditar?

Muchas personas se sienten atraídas por la meditación, a veces incluso sin saber por qué. Oyen hablar de meditar y algo en su interior les dice que estaría bien probar a hacerlo. Realmente hay muchas ideas preconcebidas alrededor de este asunto, hay quien la rechaza sin haberle dado una oportunidad, y también quien la acepta pero nunca llega a practicarla. En definitiva, hay gustos para todo, y eso está bien.

La meditación nos abre

La meditación nos abre

En cualquier caso, cada persona puede encontrar sus propios motivos para dedicar unos minutos a esta actividad (o inactividad, según se mire). He conocido muchas personas que meditan para sentirse bien, porque les relaja, o porque conectan con sensaciones agradables. Lo cierto es que si llevamos una vida muy ajetreada, la meditación nos puede ayudar a estar más equilibrados. Hay personas o momentos en la vida para los que este tipo de meditación puede ser de gran ayuda.

Para mí, la meditación es una forma de conectar con la realidad. Otra forma de expresarlo es decir que con la meditación pretendo despertar a lo que es. En nuestro estado habitual de conciencia, vivimos desconectados de lo que somos, en mi opinión por varios motivos:

En primer lugar, porque si observamos un poco nuestra mente veremos que su contenido son recuerdos del pasado, proyectos de futuro y  fantasías, pero nosotros solo existimos en el presente. Por tanto, hay una desconexión entre lo que ocupa nuestra mente y lo que estamos viviendo.

En segundo lugar, desconectamos porque no soportamos lo que sentimos: cuando algo nos incomoda, lo evitamos inmediatamente, sin darnos opción a observar realmente qué sucede, y esta es la razón de por qué nos vamos al pasado, al futuro o a la irrealidad de la fantasía.

En tercer lugar, no nos gusta nuestra sombra, y la negamos, evitamos mirarla, como la cara oculta de la luna, por lo que cada vez que aquella asoma la patita debajo de la puerta, corremos hacia otro lado: no nos gusta ser celosos, iracundos o miedosos, y menos que los demás nos vean así.

La meditación que yo practico simplemente se queda con la experiencia de lo que hay, sin juicios, sin desconexiones. Si surgen pensamientos o emociones, no lucho contra ellos, sino que me abro, a ver qué me quieren decir. A veces aparece lo agradable, un bienestar muy profundo, pero otras muchas surgen emociones, pensamientos o sensaciones desagradables. En ambos casos, no se trata de desconectar, de adoptar el papel de un observador distante que ni siente ni padece, sino de estar ahí, presente, abierto, con conciencia. Eso exige un gran amor y respeto por uno mismo, un amor incondicional de lo que somos.

Por ese motivo, la meditación no es una forma de agresión contra mí mismo, no es una técnica para negar lo que no me gusta, ni para dejar la mente en blanco (muchos occidentales erróneamente piensan que en eso consiste meditar) sino para abrirme y reconocer lo que hay. Me gusta mucho como lo expresa Pema Chodron:

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La meditación nos toma tal cual somos, con nuestra confusión y nuestra cordura. Esta aceptación completa de nosotros mismos es lo que se denomina maitri, una relación simple y directa con nuestra forma de ser. Intentar arreglarnos no nos sirve de ayuda, porque implica lucha y autodenigración […]. No intentar cambiar, ¿no significa que debemos seguir con nuestros enfados y adicciones hasta el día de nuestra muerte? Intentar cambiarnos no funciona a largo plazo porque nos estamos resistiendo a nuestra propia energía. La mejora de uno mismo puede proporcionarnos resultados temporales, pero la transformación duradera solo tiene lugar cuando nos honramos a nosotros mismos como fuente de sabiduría y compasión. […] Solo cuando empecemos a relajarnos con nosotros mismos comenzará la meditación a ser un proceso transformador. Solo cuando nos relacionemos con nosotros sin moralizar, sin dureza, sin engaño, podremos soltar los patrones dañinos.

¿Y qué conseguimos entonces con la meditación? Pues al conectar con lo que somos, dejamos de ser lo que no somos, es decir, dejamos de perder energía con todas las estrategias neuróticas que seguimos para evitar que se desmorone ese pequeño mundo que hemos construido para sentirnos bien. Cansados de luchar, aprendemos a relajarnos en la vorágine del momento presente y a vivir sin suelo bajo los pies. Pero no se trata de teorizar más, sino de sentarse a meditar y experimentarlo.

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