El reconocimiento

Un buen caminante no deja huellas

Tao Te Ching (Lao Tse)

Quizá este mensaje nos sorprenda y no lo entendamos bien al principio, porque a lo que estamos acostumbrados es a lo contrario, a querer dejar huella, a que se reconozca lo que hacemos, incluso en algunos casos, a ser famosos o a perpetuarnos a través de nuestros hijos.

Poco antes de que falleciera hice un retiro de meditación con José Fernández Moratiel, sacerdote dominico fundador de la Escuela del Silencio. Moratiel siempre explicaba sus ideas con pequeñas historias, de las que recuerdo varias que me encantan. En el vídeo adjunto Moratiel ilustra con uno de sus cuentos esta idea en la que él insistía tanto: pasar por la vida sin ser notado, en silencio.

Cuando hacemos algo que consideramos que está bien, generalmente esperamos que nos lo reconozcan, que nos alaben, y eso sucede en gran medida cuando cocinamos para otros. Servimos los platos y esperamos que los comensales comenten lo rico que está todo. Es humano, es normal, no se trata de castigarnos por ello. Pero como siempre digo, podemos experimentar con caminos nuevos. Podemos imaginar cómo nos sentiríamos si nadie dijera nada. Podemos probar a hacer cosas positivas en secreto, sin que nadie se entere, sin siquiera esperar la propia satisfacción, solo porque estamos haciendo lo adecuado.

Como indica Raúl Vincenzo Giglio en su excelente libro La cocina como meditación (del que hablaré con más detenimiento en otra entrada),

Pulsar imagen para acceder a la referencia del libro

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Existen cuatro grados o escalones en el acto de dar a los demás, a los cuales se accede idóneamente desde el acto de cocinar para el otro:

El primer grado es dar para recibir. “Yo cocino para ti para que tú cocines para mí”.

El segundo estado es dar esperando recibir por alguna parte. “Yo cocino para ti, con la esperanza de que el universo me premie con que alguien cocine para mí”.

El tercero es dar sin esperar recibir. “Yo cocino porque me gusta dar, y no espero contraprestación”. Aquí aun acercándose a la desidentificación de resultados, aun queda un cierto y lógico disfrute por dar.

El cuarto, y más elevado en esta espiral evolutiva de generosidad, es dar sin ni siquiera tener un mínimo disfrute por ofrecerse. Sencillamente pasar a la acción: “Yo cocino”. Nada más, nada menos, la acción por la acción, el pulso vital por el propio pulso vital. Sin disfrute pero sin carga también. El zen puro. Cocinar cuando toca cocinar, fregar cuando toca fregar.

Podemos reflexionar sobre ese impulso a buscar el reconocimiento, a dejar huellas de nuestro paso por la vida: qué hay detrás, qué pretendemos. Sin juicios, sin culpas, solo nos lo planteamos y nos conocemos. Probamos si queremos nuevas experiencias y crecemos en ellas.

One comment

  1. Sol dice:

    Precisamente en esta entrada del no reconocimiento y de no esperar la aprobación de los demás, te quiero agradecer la creación de este blog que no es más que los comienzos de un precioso proyecto.

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