La confianza

Creo que es más difícil confiar que desconfiar, pero la vida se hace más dura si desconfiamos. Confiar nosotros mismos y en los demás supone una apuesta, creer que en todas las personas, en el fondo, hay algo bueno. Es posible que sea así o no, pero intentar mantener esa actitud ante la vida es como sentir una brisa fresca cuando estamos acalorados.

Este verano Sol y yo estuvimos en un pequeño pueblo de Alemania (Sommerhausen) en el que la gente ponía a la venta en la calle sus productos para que quien quisiera los comprara y dejara en una cajita el precio fijado. En numerosos rincones del pueblo había un puesto sin vendedor ni nadie vigilando. Solo sus productos y su confianza.

¿Qué pasaría si hiciéramos lo mismo en España? Casi todos pensamos que desaparecerían los productos y el dinero. ¿Estamos seguros de que sería así?

Puesto en la calle sin vendedor (Sommerhausen)

Puesto en la calle sin vendedor (Sommerhausen)

En esta sociedad hay demasiada desconfianza, porque nos hemos acostumbrado a que la mentira tiene el mismo valor que la verdad. Pero si ponemos un poco de nuestra parte, sin caer en la ingenuidad, quizá podamos ir cambiando poco a poco nuestro entorno.

El placer de confiar

El placer de confiar

Os propongo el siguiente ejercicio para los próximos 3 días: estemos pendientes de situaciones en las que se requiere que confiemos en los demás, y prestemos atención a qué sentimos en ese momento, qué se revuelve en nosotros. Si podemos, sin forzarnos, con humor y amor, apostemos por la confianza de vez en cuando, demos un pasito para cultivar la confianza entre nosotros. Empecemos por situaciones en las que no tengamos mucho que perder, y poco a poco vayamos aumentando nuestra capacidad de confiar. A veces nos saldrá mal, y aquí es importante no decepcionarnos, porque lo que ganamos siempre será más valioso que lo que podamos perder.

También es importante confiar en nosotros mismos, en nuestro potencial, así como en la vida. Mediante la práctica de la meditación podemos ir desarrollando este tipo de confianza, que en este caso se puede equiparar a abrirnos, soltar y aceptar: nos sentamos cómodamente, con la espalda recta pero sin tensión, y seguimos el ritmo natural de la respiración, sin cambiarla. Cada vez que exhalamos soltamos todo: tensiones, dudas, preocupaciones; nos abrimos, sentimos que hay espacio infinito a nuestro alrededor. Al inspirar no hacemos nada especial, solo inspiramos. No es un ejercicio intelectual, no hay que pensar lo que estamos haciendo, se trata solo de relajarnos y soltar cada vez que espiramos: el aire que exhalamos va a todo ese espacio infinito que nos rodea. De vez en cuando nos distraeremos y nos pondremos a pensar en otra cosa. No pasa nada, sin censurarnos por ello volvemos a la espiración. No tomamos con los pensamientos la actitud de un cazador esperando que aparezca la presa, solo soltamos y confiamos, sentimos el espacio, nos abrimos, sin más. Es el ritmo de la vida y nos estamos sintonizando con él.

Podemos practicar así durante unos 10 minutos todos los días, y eso nos ayudará a confiar más en nosotros y en la vida, porque descubriremos que es posible abrirnos, soltar y confiar, y no solo eso, sino que también al hacerlo conectamos con nuestra verdadera esencia.

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