La gratitud

De otra entrada anterior nos quedó pendiente una de las meditaciones que podíamos hacer ante la comida. En realidad, lo ideal sería hacer primero algunas veces la meditación que propongo en nuestro cojín de meditación (o el lugar donde meditemos), hasta interiorizarla, de forma que luego, cuando vayamos a comer, solo tendremos que evocarla durante unos segundos.


En primer lugar, reflexionamos sobre el alimento que vamos a comer (si lo estamos haciendo previamente como meditación sentados, escogemos por ejemplo la comida que vayamos a tomar o que hayamos tomado ese día). Pensamos en sus ingredientes, y entonces recorremos todos los seres que de una u otra forma han contribuido directa o indirectamente a que podamos disfrutar de ese alimento. Cuando digo «seres», podemos entender «seres humanos» o si alguien tiene una visión más amplia todo tipo de seres.
Pensamos entonces primero en lo más evidente: en quien fue a la compra, en quien cocinó, en las personas que nos vendieron los alimentos, en el transportista que los llevó hasta la tienda, en el agricultor, etc. Poco a poco vamos extendiendo el círculo: el vendedor pudo vendernos el producto porque había una tienda, que tiene un dueño (quizá sea él mismo), y alguien la construyó, alguien hizo las estanterías… El transportista tenía un camión, que alguien fabricó y vendió a su vez, que circuló por una carretera que alguien asfaltó… La idea no es detenernos mucho rato en cada uno de esos elementos, sino simplemente reconocer que el hecho tan sencillo de que esos alimentos lleguen a nosotros es fruto de la participación directa o indirecta de muchas personas.
Trabajo en campo de arroz en India
Yo cuando hago esta meditación, al final llego a la conclusión de que todo el mundo prácticamente ha contribuido de una u otra forma a que pueda comer lo que como. Podemos ser muy sutiles y llegar a pensar, por ejemplo, en términos de que puedo comprar la comida porque alguien (mis padres sobre todo) me enseñaron a hablar, porque todos los hispanohablantes tenemos un idioma común que hemos construido entre todos, que tenemos un Estado que vigila porque haya seguridad en las calles y podamos salir tranquilamente a comprar, etc.
La idea es llegar a la conclusión de que en realidad, gracias a muchísimos seres podemos comer lo que comemos, y quizá, si hacemos esta meditación con sinceridad, sintamos gratitud por ello. Y además de gratitud, un sentimiento de que realmente todo lo que somos y tenemos está relacionado con todos los demás, es decir, un sentimiento de interconexión.
Así, cada comida que tomamos es un acto mágico en el que estamos entrando en conexión con todos los demás seres. Las personas creyentes pueden incorporar también en esta meditación a Dios, dándole las gracias por esos alimentos, como se solía hacer de manera tradicional antes de las comidas.
Ahora, si nos sentimos cómodos con ello, podemos pensar en todos los seres que sufren de hambre en el mundo; reflexionamos sobre la abundancia que tenemos nosotros y la escasez de miles de millones de seres. Entonces, tal vez surja en nosotros el deseo de compartir. Podemos imaginar que el plato de comida que tenemos delante se multiplica hasta el infinito y llega a todos esos seres, que lo comen y quedan satisfechos. La finalidad de esta segunda meditación no es acabar con el hambre en el mundo, aunque tal vez contribuya a que se desarrolle el sentimiento de solidaridad en nosotros y nos impulse a hacer algo más de lo que actualmente hacemos al respecto, sino aumentar nuestro deseo de compartir, es decir, tiene la finalidad de transformarnos, impregnado de una sensación de expansión, es decir, de que con nuestra intención llegamos a todo el mundo, ofreciéndole esa comida.
Cuando durante cualquiera de las reflexiones anteriores surja en nosotros algún tipo de emoción profunda, o intuición, o comprensión, dejamos de reflexionar y nos quedamos unos segundos centrados en esa sensación, para que nos impregne hasta lo más profundo. Luego continuamos si lo deseamos con la reflexión.

Desayuno en Lar del Cuco
Cuando nos hemos familiarizado con estas meditaciones, es relativamente fácil evocarlas en el momento de la comida: podemos sentarnos delante del plato, respirar un poco, recordar esa gratitud y ese deseo de compartir. Podemos sentir que así estamos bendiciendo esos alimentos. Con esa actitud, mi experiencia es que el acto de comer se convierte en algo muy hermoso, nuestro corazón se ensancha y se abre a todos los demás.

One comment

  1. Alina dice:

    Gracias Luis !
    Maravillosa entrada

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